viernes, diciembre 30, 2011

Liliana Herrero, cantora



"Yo creo que la voz canta un territorio, canta una memoria de lucha, de fiestas. Y eso hay que tenerlo muy presente, muy presente. No se puede hacer un canto sin fronteras. Los cantos tienen territorios, tienen voces, tienen sonoridades, tienen texturas. Eso me parece que es fundamental saberlo"

"Yo soy una cantora. Yo soy una intérprete. Pero un intérprete tiene que tener la voluntad de pensar de nuevo aquello que va a hacer. Más allá del original. Yo me siento en esa tarea. Si no consigo extraerle a esa canción una nueva voz, que sé que la tiene, prefiero dejarla ahí dormida, hasta que aparezca una idea."

"Yo creo que el estilo y el modo de cantar se va amasando todos los días y en cada concierto (..) Yo sé que en cada caso yo canto distinto. Es un impulso interior muy fuerte que me va llevando, ya sin pensar, nada, hacia un lugar. Entonces, la música hay un punto que te captura y te toma de tal modo, que, no hay nada más que decir."

Extracto de la entrevista de Lalo Mir a Liliana Herrero, para Encuentro en el Estudio, canal Encuentro, mayo 2011.

Eladia sin piel


El tango las prefiere amazonas

"Auto-análisis", "vivisección" o "tierno cuestionamiento". Así presentaba Eladia Blázquez su álbum, "¿Somos o no somos?" (Trova, 1975) que, por primera vez, llega la compacto. Si, incluye "El corazón al sur", y con semejante olor a jazmines estamos hechos, pero tamaña ambición del proyecto..."Yo me inclino por calar en la intimidad psíquica del argentino, en los problemas de su personalidad nacional", aseguraba. ¿No sería mucho? "Dicen que soy Discépolo con polleras", decía, pero ella hasta Scalabrini Ortíz no paraba: lo suyo era el Ser Nacional o nada. El costumbrismo no alcanzaba como fenomenología lírica, quería más:¡ontología porteña! "Hagamos un teorema de nuestra realidad", porpone. ¿Y si le invertimos la imagen? Eladia en este disco se muestra como una cantautora que, tras haber probado todo (joropos, zambas, y hasat algo llamado slow fox)desembocó en el tango como una mujer que tiene que quitarse primera persona del singular y polleras para ponerse los pantalones del "nosotros" y de los autores que la precedieron. Vamos a viviseccionar con ternura "Porque amo a Buenos Aires": "Mi fiesta es relojear desde una esquina/a mi ciudad que es la más linda de las minas", entona Eladia hasta que la palabra "mina" sólo es posible de agudizar así si lo canta, justamente, una mina. Mirara como hombre, cantar como mujer: ¡no fue siempre el papel que les tocó a ellas en la esfera del tango?¿Por qué esa masculinidad en "Soy el dueñO de tu voz", "A veces con mis mufas; otras, contentO". Afirmaba en 1992: "El arte no tiene sexo (...) Parecía una resistencia seudomachista, pero a mí me tuvieron que aceptar, como se acepta una gripe". Como le sucedió a Fito Páez en el rock, a Eladia le tocó ser posmoderna, la angustia de llegar tarde. Pero algo le impidió escribir "El 45" de María E. Walsh, que sí implica ponerle polleras al tango. Su look en tapa la perfila como una mazaona porteña, es aambiguedad geneérica que en Virginia Luque llegó al glam Minelli. Como si algo hubiera que perder en tanto mujer para entrar al tango y a un "nosotros!

Columna de opinión de Pablo Schanton para revista Ñ, sábado 17 de julio de 2010.-

Nadie me puede enseñar como llorar


-¿Usted estudió canto?

-Tengo una pequeña pelea con eso: nadie me puede enseñar cómo llorar. Esto que dicen, que te enseñan a utilizar tus cuerdas, que te enseñan a respirar... ¿Qué tontería es esa? Si el cante es la expresión de mis sentimientos, nadie me puede decir cómo hacerlo. Entiendo que si quieres hacer ópera es lógico que necesites una disciplina concreta. Como cantante, creo que, para aprender a cantar, antes tienes que aprender a escuchar. Olvídate de estudiar a otras cantantes, estudia a trompetistas, a saxofonistas, a buenos pianistas...

-Es que los profesores de canto le han hecho mucho daño a la música popular...

-De acuerdo. ¡Hay tantos cantantes confundidos detrás de sus miedos! Luchando por grammys, por lujos, por mogollón de cosas. Les han metido mucho miedo en el cuerpo.

-¿Y qué cantantes le gustan?

-Todos. Los músicos no sabemos nada de música, no tenemos ni puta idea. Es quien paga una entrada a un concierto el que sabe de música, el que, después de pagar toda la mierda que nos hacen pagar, se gasta el dinerito que le queda en comprarse un disco. Los músicos somos militantes de la única religión legítima que existe, que es el arte. Somos soldados de un ejército que conspira para que el arte siga siendo la única religión que, de verdad, le sirve a las personas para redimirse, gozar, reír y para descansar un momento. Pero no sabemos nada de música.

-Es la segunda vez que viene a Buenos Aires...

-Pero es la primera vez que tengo conciencia de ello, porque la primera vine muy cansada, en un invierno que no había mucha luz y no vi mucho. Me quedé con dos detalles: la sala en la que actuamos y luego... ¡Es que sois muy cariñosos vosotros! No sé por qué tenéis un mal duende que os hace pensar que caéis mal. Me da rabia esto, porque se os quiere muchísimo... Se escucha mucho la música vuestra, gusta mucho el recuerdo poético que se tiene de vuestra escritura... Mercedes Sosa, por ejemplo...

-¿Llegó a verla en vivo?

-Y me mató cien veces, con cada expresión. No ha habido nadie como ella en la historia... Mercedes era una sabia del paladar, una gran enciclopedia abierta de cómo expresarse, porque lo jodido es cuando no nos sabemos expresar. Guardamos demasiados secretos y nos pesan mucho, tío. Y los secretos son tales por miedo a que no nos entiendan...

-O a que no nos quieran, o a que nos dejen de querer...

-Vale, eso... Es que tú sabes que si te entienden no te dejan. Me puedes decir ahora mismo que te sientes extraño por estar a mi lado o puedes callártelo porque tal vez creas que yo no vaya a comprenderte. Y, en realidad, es un secreto estúpido porque puedes hablar y no pasará nada. Pero, a veces, parece que es tan gordo lo que va a pasar, que nos lo callamos y nos lo tragamos.

-Y eso es cantar, no tragarse las cosas...

-Exactamente, eso es el cante. Cantar puede ser muchas cosas. ¡Contar! El cante es contar.

-¿Y la gente que cuenta bien canta bien?

-La gente que cuenta bien, cuenta bien. El cantar es lo de menos. Nadie creía que yo podía cantar con esta voz.

-¿Con qué voz?

-¡Con la mía! Recuerdo que me encontraba con ex compañeros de clase que me preguntaban: "¿Tú qué haces?" Y yo: "¡Canto!". Y me decían: "¿Con esta voz?" Es que nunca me identificaron por mi voz. Pero bueno, no pasa nada, yo de cantar sé poco, pero tengo algo que contar.

-¿Y a Chavela la ve? ¿Le ha cambiado la vida conocerla?

-Ay, no sé. Es que a mí me recuerda mucho a mi abuela, tenía la misma mala leche.

-¿Y va a grabar con ella?

-Chavela está muy cansadita ya. Lo que hacemos es cantar juntas cuando voy a su casa.

-¿Estuvieron juntas en un escenario?

-No, tampoco... Una vez nos sacó casi a puntapiés, a mí y a la Martirio.

-¿Y después se arrepintió?

-Jamás. Simplemente después le apeteció hacer otra cosa, que fue abrirme los brazos.

-¿Y después de esto qué va a grabar?

-Ya está grabado, pero no sé qué es lo que se va a publicar. Debes tener en cuenta que de los artistas no se sabe lo que hacen, se sabe lo que publican. Grabo mucho, tengo un estudio de grabación en mi casa.

-¿Y compone todo el tiempo?

-Sí, mucho. Compongo para no odiar a nadie.

-¿Cómo es eso?

-Hace unos días me dejó mi chico. El chico con el que estaba desapareció. Yo puedo optar por odiarlo pero, aparte de que no sería justo, puedo ponerlo en una canción y me va a traer dinero. ¿Cómo puedo odiarlo si me he comprado un coche gracias a él? Yo canto para no volverme loca y compongo para no odiar... Mi papá, que es quien me dio la vida, se ha marchado y no lo he vuelto a ver. ¿Me ves mal? Si se marchó mi padre y sobreviví, que una persona de la calle vuelva a su lugar, no pasa nada.

-Pero también ha tomado la decisión de no buscarlo...

-Cada uno sabrá. Yo tengo a mi música que no me abandona.

-Entonces siempre necesitamos algo que no nos abandone...

-Nuestro latido. Tú acuérdate de respirar, que no se te olvide nunca. Además, morir de amor nunca sirvió. Porque siempre llega otro morir que te deja en manos de un tercer morir que luego le cede el paso a un cuarto que amablemente te deja en manos de un quinto que, hoy por hoy, te está matando. A nosotros nos limita la carne, pero tenemos un mundo que existe detrás de los párpados. En ese mundo, ni el cuerpo nos difama ni la distancia nos separa. El amor reina allí. En el mundo de afuera reina el tacto, reinan cosas que te hacen sentir mucho amor y que lo único que hacen es alimentar lo que está dentro. Está peligroso eso de maximizar la figura de la persona que tenemos delante, la convertimos en un ícono tan gigantesco que luego la pinchamos y la pobre persona hace plof.

-Y era una pobre persona...

-Como tú y como yo. Dejémonos respirar un poco y juntémonos un poco más.

-Volvamos a ser amigos todos...

-Todos, todos. Está muy feo eso engañarse con la soledad... Es que las personas creativas tenemos un gran enganche con la soledad porque es la única manera en que se puede trabajar. A mí la soledad me alimenta mucho...

-¿Y usted no se engaña?

-No, porque no temo. Yo me la paso muy bien estando conmigo.

-Hay gente que no, que enseguida necesita establecer reemplazos...

-Está muy jodido eso... Es cosa de pobres infelices.

-Y para uno, que se quedó mirando de afuera, es muy doloroso...

-¡Claro que duele, tío! Duele y duele.

-Pero luego pasa...

-Y si no, tú acuérdate de respirar...

Entrevista de Diego manso a Concha Buika, revista Ñ, grupo Clarín, sábado 5 de diciembre de 2009.-

Simplemente Hugo Díaz


Los sonidos secretos de nuestra memoria auditiva
Acaban de editarse dos volúmenes dobles que recogen las primeras grabaciones del inmenso armonicista santiagueño Hugo Díaz, referente de su instrumento alrededor del mundo. Gatos, zambas, chacareras y música del Paraguay fueron su primer amor antes de encaminarse hacia el tango y el jazz. Aquí, una reseña de su trayectoria y el recuerdo emocionado de su hija, la cantante Mavi Díaz.
Por: Sergio Pujol

LA ARMONICA DEL MUNDO. El repertorio de Díaz supo jugar con su instrumento y transgredir algunas de sus normas.
Un instrumento pequeño, casi un juguete. Eso es lo que los Reyes Magos le trajeron a Víctor Hugo Díaz aquel verano de la ceguera. Con poco más de 5 años, un acciden­te le había robado la vista por un tiempo. Y el tiempo se volvió chato, sin forma entretenida de medirlo. Entonces, en medio de la oscuridad y el calor de Santiago del Estero llegó la armónica. Era una de esas diatónicas que suenan siempre en consonancia pero que no le dicen al intérprete qué tocar ni cómo. El chango la sopló has­ta descolarla. Sacó de oído –es lo que haría siempre– las zambas y las chacareras que bailaban y can­taban sus padres. Sacó, soplando fuerte, las pisadas del malambo de los gauchos. Y también algunas melodías de tango y de jazz que llegaban por la radio. El juguete se convirtió en instrumento, el niño, en músico. Poco más tarde, Huguito estaba tocando en públi­co. Con otra armónica y los ojos cerrados.

Al escuchar las primeras 55 grabaciones del Hugo Díaz –re­cientemente curadas y editadas en cd por Acqua bajo los títulos Anto­logía volumen 1 (1952-1953) y An­tología volumen 2 (1954-1957)– no cuesta imaginar esa mezcla de ad­miración y desconcierto que debió producir, ya radicado en Buenos Aires, el armonicista caído del cie­lo. En una de las fotografías que ilustran el cuadernillo de esta edi­ción tan notable, lo vemos a Hugo en la cabecera de una mesa de bar o restorán. Está ensimismado en su armónica y tres guitarristas se esmeran en acompañarlo. Detrás de uno ellos, asoma un comensal ocasional; su mirada puede ser la de un beodo o la de un admirador. En cualquier caso, el hombre es­tá embriagado por la música que esa sobremesa le está regalando. Toda Buenos Aires estaba así al promediar los años 50.

Admiración, por ese fraseo a borbotones que cubría casi la totalidad de las interpretaciones, mientras sus compañeros le sos­tenían el ritmo –su cuñado Do­mingo Cura en los bombos, nada menos– y la voz de Victoria Cura, la mujer de Hugo, entonaba con delicadeza un repertorio de ese folclore previo al boom y el Nue­vo Cancionero. Desconcierto, también, al comprobar, noche tras noche, que todo eso, que por momentos parecía provenir de un acordeón, de un órgano o de un bandoneón –razones organológi­cas emparentan a esos instrumen­tos con la armónica–, salía de una cajita de lengüetas abiertas que las manos y la bocaza del ejecu­tante volvían invisible. Hay en esto un sabor a fábula. Teníamos a un niño que maduró con su juguete. Y años más tarde, tuvimos a un adulto aferrado a lo que muchos aún seguían considerando un ju­guete. Antes, el niño parecía un grande. Luego, el grande dio talla de niño.


Nacimiento de un estilo

La primera impresión que gene­ran estas grabaciones, aun para los que las conocían con anterio­ridad a la edición en cd, es la de estar asistiendo al nacimiento de un estilo. Uno de los efectos más interesantes que tiene el rescate de discos de pasta o vinilo por el soporte digital es el de alterar, en nuestra memoria auditiva, el or­den histórico. Lo viejo o primero pasa entonces a coronar una obra. El joven Hugo Díaz se nos aparece cuando ya hemos memorizado al maduro Hugo Díaz. No podemos evitar escuchar al joven como si fuera viejo, y viceversa. O mejor aún: escuchar al joven pensando en cuánto del viejo hay en él.
A propósito de esto, acaba de editarse un libro póstumo de Ed­ward Said titulado, a partir de una frase de Adorno, Sobre el estilo tardío . Se trata de una lúcida re­flexión en torno de la creatividad en la edad madura de ciertos ar­tistas. Grosso modo , lo que Said sostiene es que, ya entrado en la vejez, el músico tiene dos opcio­nes: certifica ese estilo a modo de testamento o lo altera para dejar un final abierto a caminos que él ya no podrá transitar. El contacto con estos discos de Hugo Díaz nos incita a pensar sobre ese mo­mento mágico en el que la técnica modula a estilo; mucho antes de que el músico ingrese al dilema de Said. Ciertamente, Hugo Díaz, que en 1952 sólo contaba con 25 años, ya mostraba un dominio y una sapiencia extraordinarias, a punto tal de parecer un artista tar­dío , preocupado por escapar de las propias rutinas.
En materia discográfica todo comenzó con "Qué lindo se ha puesto el pago" –una zamba de M. Jugo– y "Pájaro campana", la galopa del paraguayo Félix Pérez Cardozo, ambos registros para el sello TK. ¿Cómo llegó Díaz a la instancia de la grabación? En 1944, después de trabajar algún tiempo como contrabajista en una orquesta de jazz, había debutado en la peña Achalay Huasi, toda una referencia en el circuito de folclore de Buenos Aires. Por ahí solían andar Los Hermanos Aba­los y Atahualpa Yupanqui, cuan­do la música nativa aún estaba en minoría en la ciudad del tango. Ayudado por Félix Pérez Cardozo, el armonicista firmó contrato con Radio Splendid en 1952, mientras se hacía muy conocido en la con­fitería Ruca.

Con su traje negro y peinado a la gomina –como Yupanqui, re­negaba de la vestimenta gaucha cuando ésta era impuesta como color local–, Díaz fue estrenando composiciones de músicos emer­gentes de la época. En 1953, por ejemplo, registró "El mensú", del joven Ramón Ayala y tres años después grabó una de las prime­ras versiones instrumentales de "Zamba del pañuelo" de Leguiza­món y Castilla. También reafirmó los clásicos populares, con prefe­rencia por Andrés Chazarreta, Juan Argentino Jérez y los Her­manos Simón.

En cuanto a especies o subgé­neros, era muy notoria la presen­cia del cancionero litoraleño y pa­raguayo. El chamamé, la galopa, la guarania y la polca eran enor­memente populares en la Buenos Aires de entonces y la armónica de Hugo supo desplegar, sobre esos ritmos, un virtuoso abanico de variaciones y adornos. "Selvas vírgenes" (nada menos que con la participación de José Bragato en cello), "Selección de polcas", "Dan­za paraguaya" y la polca paraguaya "Isla Sacá" son algunos de los nú­meros en los que el armonicista exploró las posibilidades tonales y tímbricas del instrumento. Por su parte, el repertorio del noroeste no parecía tener secretos para él: "La vieja", "La salamanca", "Cuando el diablo toca el bombo", "Chacarera doble"...

Respecto al conocido interés de Hugo Díaz por el jazz, que se potenciaría en esas célebres reuniones en la casa de Eduardo Lagos llamadas folkloreishons , es­tos discos nos brindan algunas pistas. En varias oportunidades, especialmente en las zambas, las segundas partes se convierten en virtuales chorus jazzísticos, donde la variación reemplaza completa­mente a la línea melódica. En las interpretaciones de Victoria Cura, la armónica no cesa de responder frase por frase, con la espontanei­dad de una improvisación. Desde luego, la gracia rítmica del folclo­re nada le debe al jazz, si bien sobreabundancia de síncopas y tiempos "doblados", así como los finales de tema libres y la acen­tuación de grados rebajados, bien podrían considerarse signos un tanto ajenos al campo de la can­ción nativa. Con los años, Díaz ahondaría en aquellos elementos externos al folclore. Uno de los grandes alegrones de su vida lo tendría al conocer en Europa al belga Toots Thielemans, maestro de la armónica en jazz.

Mudanzas de un instrumento

Esa habilidad de Hugo Díaz para mudar de género sin abandonar el estilo lo asemejaron a Oscar Ale­mán, otro políglota de la música popular de impronta absoluta­mente personal. En ambos casos, el instrumento parecía estar por encima de las categorías genéri­cas. Quizá esto se debió al hecho fortuito de que ni la guitarra ni la armónica resultaban ser instru­mentos idiosincrásicos del jazz y del folclore respectivamente. Huérfanos de tradición instru­mental, excepcionalmente dota­dos en terrenos donde no tenían pares, tanto Díaz como Alemán parecieron jugar con sus instru­mentos animándose a transgredir algunas normas. Y en este punto, hay que reconocer que la soltura sin empaques que hizo del último Hugo Díaz una figura de culto, con sus gruñidos y su percusión soplada, con su amplio rango to­nal y su bravura rítmica, ya estaba presente en los registros de los años 50. Y quizá presente de me­jor manera, sin los manierismos de la etapa más conocida.

Más allá de cierta oquedad en el sonido general, los discos de 1952 a 1957 –período que va de TK a Odeón– impresionan tanto por la justeza y el rigor en las interpre­taciones como por las perspectivas que se van abriendo a futuro. Fi­nalmente, el Hugo Díaz que supi­mos admirar en "Summertime", "Volver" y "Zamba del Angel" encontró su genealogía. Hay que celebrar los volúmenes de esta Antología como lo que realmente son: la edición discográfica argen­tina más importante del año.

No es mucho lo que se consi­gue de Hugo Díaz en cd. Acqua editó Tangos y A los cuatro vien­tos , banda sonora de la película homónima de Alberto Larrán, una biopic del armonicista. La se­rie "Los elegidos", de Sony BMG, sacó recientemente una selección de grabaciones de diferentes épo­cas del músico. Mavi Díaz, hija de Hugo y Victoria, grabó Baile en el cielo , un homenaje a su padre. En el álbum de Eduardo Lagos Así nos gusta (Trova), se puede apre­ciar a Hugo Díaz en los temas "Zamba alegre", "La olvidada" y "La vieja". Los coleccionistas y melómanos atesoran una buena cantidad de lp's del genial solista: Hugo Díaz en Buenos Aires , Así es Hugo Díaz , Hugo Díaz Jazz , Baile en el campo , etc.

Por Sergio Pujol, Revista Ñ, grupo Clarín, sábado 19 de diciembre de 2009.-

Lo bueno y lo malo


- ?Que es lo malo?
- Cuesta mucho ordenar la cabeza y planificar a largo plazo. Alla es mas facil. Aca todavia no se que voy a hacer a fin de ano. Todo es pasible de ese movimiento constante y esto es terriblemente seductor a la vez. Esta ciudad tiene un vertigo que, por momentos, me angustia, me da inseguridad y, en otros, me convenzo de que vine por eso mismo. Porque la serenidad que me daba Barcelona aliviaba mucho. Todo es como debe ser y nadie lo transgrede, las cosas funcionan, pero por otra parte, esa placidez hace que los domingos te quieras suicidar. La espontaneidad no existe, todo es con cita previa. Esa previsibilidad hacia que yo no pudiera crear mis espectaculos. Los tenia que armar aca y llevarlos.

- ?La potencia creadora se la da Buenos Aires?
- Si, y creo que a todo el mundo. Por eso la gente que viene se quiere quedar.

entrevista a Cecilia Rossetto, revista Ñ, grupo Clarín, sábado 12 de septiembre de 2009.-

La chica del coro: Lena Horne


La chica del coro
Lena Horne
(Brooklyn 30 de junio de 1917 - Manhattan, 9 de mayo de 2010)

Empezó siendo una chica más en el coro de bailarinas del Cotton Club de los años ’30 –donde los negros actuaban pero nunca eran clientes–, después fue la única negra en una orquesta de blancos y finalmente se convirtió un ícono en la historia de la cinematografía hollywoodense. Lena fue la primera actriz en firmar un contrato con un gran estudio (fue con la Metro Golden Mayer en 1942), y sin embargo nunca fue una estrella. Quizás por eso, cada vez que se la evoca se enumeran habilidades y logros por los muros derribados, como si las batallas ganadas fueran el modo ideal para describir a esta actriz y cantante norteamericana que siempre estuvo con la mano estirada esperando que llegue la otra posta para poder seguir. Quizás también fue por eso que Halle Berry la nombró cuando ganó el Oscar en 2001 (era la primera vez que una mujer negra ganaba como mejor actriz; en 1939 HattieMcDaniel había sido la primera afroamericana en subir al escenario cuando ganó como mejor actriz de reparto por su Mammy en Lo que el viento se llevó), porque Lena Horne siempre es referente, una negra en un mundo de blancos.

En los tempranos años treinta Lena era corista en los shows que Adelaide Hall daba en el Cotton Club y vocalista de Noble Sissle; en 1940 fue contratada como cantante por la Bigband de Charlie Barnet y fue ahí cuando Horne comenzó a destacarse; allí estaba ella, la negra “de piel no tan oscura” de gira por las ciudades y rodeada de blancos, allí estaba ella actuando en películas pensadas y dirigidas para un público negro, Cabin In the Sky de Vincente Minnelli (1942) y StormyWeather, de Andrew Stone (1943, el título de la canción más celebrada de Lena, un verdadero hit), allí estaba ella posando con su pelo negro ondulado y corto celebrando contratos y presentaciones. Pero los festejos no durarían mucho, la discriminación racial ganaba día a día más adeptos y lugar en los escenarios. Lena, que conocía bien el rechazo, comenzó a luchar a favor de los derechos de la comunidad afroamericana, de modo que no iba a cantar a los locales donde se ejercía la segregación racial y era quien organizaba protestas en el gremio (algunas de ellas apoyadas por varios actores, como Humphrey Bogart); su actividad política hizo que rápidamente fuera incluida en la llamada “lista negra” de Hollywood en los años ‘50, la caza de brujas del senador McCarthy.

El cine no era para chicas negras, el cine era para mujeres como Ava Gadner, así que Lena no tuvo más opción que refugiarse en el teatro y en la música, el glam del celuloide había llegado a su fin, Broadway la estaba esperando. Entre telones y camarines, y después de muchos años, volvió el éxito. A los sesenta y tres años su espectáculo The Lady and Her Music –donde contaba su propia historia–, estuvo un año en cartelera.

Recordada además por su interpretación de “Now”, la canción elegida para el documental del cineasta cubano Santiago Alvarez sobre la discriminación racial (un antecedente del videoclip) o por su risa contenida mientras cantaba el alfabeto rodeada de los personajes de “Plaza Sésamo”, Lena Horne, “la Cenicienta negra”, la que nació según el New York Times con 50 años de antelación, la que aparecía en los programas de la televisión norteamericana con su pelo canoso recogido para hablar de los encantos del show business, será siempre una hacedora de caminos, una intérprete capaz de hacer más triste todavía “Moonriver” y la que cuando el cine ya había quedado demasiado atrás, volvió para despedirse. Fue en 1978, cuando interpretó a Glindathegood en TheWiz, la versión de El Mago de Oz que protagonizó Michael Jackson.

artículo de Marisa Avigliano para el suplemento las 12, diario Página 12, viernes 14 de mayo de 2010.-

No me gustan los profesores de canto


¿Algún secreto para la voz?

Bebo mucha agua y tomo unas pastillas que se inventaron para Caruso. No recibo clases. La única profesora que tuve fue a los 19 años, una soprano jubilada que me rogaba que me dedicase a la ópera. No me gustan los profesores de canto. Hoy muchos artistas jóvenes cantan parecido, con la voz muy nasal. Sospecho que la culpa la tienen esas lecciones.

Entrevista de Brenda Otero a Tom Jones, diario El País de Madrid, sábado 14 de agosto de 2010.-

Un tal Rufus: El chico de las canciones tristes


Antes que nada, hay un cantante inmenso. ¿Qué es un cantante inmenso? Un hombre que asume para sí la potestad femenina del canto. Así, todos los grandes cantantes son mujeres. Punto.
Si Rufus Wainwright reinterpretó la apoteosis de Judy Garland en el Carnegie Hall (2007), lo hizo desde la médula de esta premisa, que resulta muchísimo más extensa que el capricho de ponerse un vestidito con lentejuelas y aflojar las manos para los ademanes peripuestos. Su último disco, "All days are nights: songs for Lulu", remite, entonces, a Nina Simone en tanto el piano se convierte en objeto especular de la propia voz.
Un paso más allá del que diera Jeff Buckley, nuestro guaperas que tragó demasiada agua en el río Wolf de Tennessee cuando apenas había cumplido sus 31 y que persistió en el legado de Simone durante las noches nebulosas del café Sin-é de Greenwich Village. Rufus escribe, entonces, "Memphis skyline" y homenajea a Jeff porque éste, ya ligado para siempre su cuerpo a los vermes de un sepulcro, forma parte de una tradición de la que sólo nos es dado conocer la última anilla, nunca el inicio de su trama, tan remota como la conquista del terruño. Buckley, como Rufus, también fue hijo de un músico folk y Rufus, como Jeff, también es dueño de un passagio alucinante a la hora de la técnica. Hermanados en un mismo relato, se saben los dos herederos de una vanguardia esclarecida, la que consiste en extenuar la tradición.

Mientras todo esto sucede sotto voce , tenemos en Rufus Wainwright a un chico que canta canciones tristísimas y las canciones tristísimas nos gustan por sobre el resto. Su último disco, que comienza con una oda a la ciudad de Nueva York y acaba entre la morralla de un romance ("All I need are your eyes./Your nose was always too big for your face..." ), se escucha a oscuras y con alarma, distinto de lo que sucedía con su registro anterior, en directo, "Milwaukee at Last!!!", donde Rufus florecía en su costado matogrossiano (de Ney) y, cual Cristo invertido, se crucificaba al golpeteo de una banda prácticamente travestida.

En tal sentido, su conciencia del show business lo sitúa en el cul- men de la epopeya pop, en ese sagrario que dejó vacante David Bowie desde que se adocenó, por sexagenario, ya para siempre. (Lo de Ney Matogrosso es otro cantar, porque ya lo vimos con el catsuit azul metalizado en su show del disco "Inclassificáveis".) Fuera de registro ha quedado (o silenciado, para mejor decir), a lo largo del grueso corpus de textualidad construida en torno de la exégesis musical, la expresión homosexual en el canto popular; ese arco que abarca desde Carlos Gardel a Miguel de Molina y de allí hasta Cazuza o George Michael. Rufus Wainwright, que con la creación de un ópera en francés y sus coqueteos con la música culta a la hora de adaptar en baladas los sonetos de Shakespeare, va fragmentando su propia imagen folk y, por esa misma razón, tornándose cada vez más universal, tal vez sea un caso modelo de identidad erótica puesta al servicio de la voz. Y es modelo su caso porque transcurre en los márgenes de los presupuestos del mercado alrededor del consumo gai, representado por abyecciones que, desde la invención de la música disco, sólo han cambiado de nombre pero que provienen de la misma sucia estirpe: Village People, Jimmy Somerville o Ricky Martin.

por Diego Manso, revista Ñ, sábado 17 de julio de 2010.-

La copla como miniopera


La copla resurge con fuerza. Tras tiempos confusos, marcados por el olvido, el desprecio o la indiferencia, una nueva generación de artistas está revitalizando el género con imaginación, frescura y talento musical. Clara Montes, Pastora Soler, Diana Navarro, Pasión Vega o Miguel Poveda aportan savia nueva y conectan con un público joven que se acerca sin prejuicios a la copla y disfruta sin complejos el encanto, la inspiración y la arrolladora fuerza expresiva de sus versos y melodías. La copla entra en el siglo XXI con otra sensibilidad, pero sin olvidar las raíces de un inmenso repertorio cuyas señas de identidad forjaron Concha Piquer, Miguel de Molina y otras voces de leyenda, en un desfile de estrellas que tiene hoy a Isabel Pantoja como reina indiscutible en los escenarios. Para recorrer su historia, nada mejor que leer el reciente y ya indispensable libro del poeta y novelista Manuel Francisco Reina Un siglo de copla (Ediciones B). O no perderse la serie documental sobre la historia de la copla que Castilla-La Mancha TV emite semanalmente todos los domingos desde el pasado 17 de enero, Suspiros de España, dirigida por Manuel Palacios y Pilar Pérez Solano.

Vive la copla un momento dulce, como demuestra el arrollador éxito del último disco del cantaor Miguel Poveda, Coplas del querer (Universal), con sorprendentes arreglos del pianista y compositor Joan Albert Amargós y la inspirada colaboración del guitarrista Juan Gómez. Un serio y ambicioso logro artístico que bebe los vientos del éxito por partida doble, tanto en el maltrecho mercado discográfico -a pesar de la crisis lleva vendidos más de 50.000 copias en menos de dos meses y ha sido nominado a los Premios Grammy Latinos- como en los escenarios: tras su puesta de largo el pasado diciembre en el Gran Teatre del Liceu, en un memorable concierto, el gran cantaor catalán pasea su pasión por la copla en una gira española que se abre con una doble cita, mañana y el lunes, en el Teatro Español de Madrid, a la que seguirán en febrero actuaciones en Las Palmas de Gran Canaria y Valencia.

Hay ecos de Manolo Caracol, Rafael Farina y Antonio Mairena en la garganta y en el alma flamenca de Miguel Poveda, pero, como señala con admiración Pedro Almodóvar, "tiene algo personal que sólo le pertenece a él". Basta escuchar su versión de A ciegas, con arreglos de Alberto Iglesias, que cierra la película Los abrazos rotos, para admirar sin reservas su talento vocal, la delicadeza y la exquisita sensibilidad musical. "No me gusta el abuso, el grito, el falso desgarro", asegura Poveda a la hora de explicar su forma de entender la copla. "Son un vehículo para expresar historias maravillosas, y hay que decirlas y cantarlas dándole el matiz necesario a cada palabra, a cada frase, sin abusos ni efectismos. Me gusta ir a la esencia de las cosas y, aunque suenen modernas, son profundamente respetuosas con un género que forma parte de mi vida".

La clave de esa frescura musical hay que buscarla en la absoluta complicidad artística de Poveda y Joan Albert Amargós, autor de los arreglos. "Llevamos muchos años trabajando juntos y siempre me cautiva su generosidad y seriedad como intérprete. Tiene un certero instinto musical, enseguida sabe lo que quiere hacer, lo que conviene musicalmente a su forma de entender la copla, y la canta como se debe cantar, con emoción, entrega, ternura y calor expresivo", comenta Amargós. "Nuestra idea de partida era lograr que el directo sonara igual que el disco, sin trucos, utilizando un quinteto integrado por violín, trompeta, contrabajo, batería y piano, con ellos se logra dar una frescura jazzística, un color distinto, una calidez que arropa el cante de prodigiosos matices de Poveda".

Autor también de los arreglos sinfónicos del próximo disco de la Orquesta Nacional de España (ONE) junto a Tomatito -una visión sinfónica del flamenco que aparecerá el próximo mes en el mercado, bajo la dirección de Josep Pons-, Amargós es un músico completo, respetado tanto en el mundo del jazz como en el de la música clásica. Ahora mismo compagina la gira junto a Poveda, con la puesta a punto de su próximo reto musical, un Concierto para dos pianos y orquestas que Pons y la ONE estrenaran el 9 de abril en Madrid, con las hermanas Katia y Marielle Labèque. Y defiende la modernidad de la copla sin complejos. "Es un filón a descubrir para las nuevas generaciones, existen más de 50.000 coplas catalogadas y es un género más fácil para el gran público que el flamenco, gracias a sus melodías, que son preciosas, y a la fuerza de sus letras".

Manuel Palacios también opina que hay nuevos públicos para el género. "La copla vive un resurgir claro. Ahora mismo la copla es moderna e interesa a un público joven que antes le daba la espalda. Y esto no pasaba hace diez años", asegura tras más de un año inmerso en el universo de la copla, realizado más de 250 entrevistas y seleccionado miles de imágenes de archivos históricos. "Me he enamorado aún más de la copla y sus grandes mitos, como Concha Piquer o Imperio Argentina, me fascinan más que antes. Ha sido un trabajo arduo, pero maravilloso", comenta el director de la serie Suspiros de España, Manuel Palacios, muy satisfecho con la gran aceptación que está consiguiendo.

"Si hay algo innegable en la consolidación del género es que ha formado parte de la educación sentimental, musical y cultural de muchas generaciones a lo largo de su azarosa vida", escribe Manuel Francisco Reina en Un siglo de copla, un libro tan útil como necesario para redescubrir su historia, desde sus orígenes, a finales del siglo XIX a nuestros días, pasando por su consolidación en los años previos a la República, su valor simbólico durante la Guerra Civil -fue probablemente una de las pocas cosas en común que tuvieron los dos bandos enfrentados-, su apropiación por parte de la dictadura franquista, sus problemas con la censura, su declive tras la irrupción de la música pop en el paisaje musical español y su actual resurgir tras un largo letargo.

"Es que yo crecí escuchando a Manolo Caracol cantando zambras, haciendo esas coplas tan flamencas que me siguen emocionando. Más tarde descubrí que era un gran cantaor, pero fue esta música la que me llevó al flamenco", recuerda Poveda. Le encantan Marifé de Triana, Rocío Jurado y, de forma muy especial, Isabel Pantoja. "Me gusta la frescura, esa forma de cantar, sin exageración, esa elegancia en el decir, es la reina de la copla, sin discusión".

Por las páginas de Un siglo de copla desfilan cantantes, compositores, letristas, poetas, directores teatrales, en un retrato certero que pone el acento en el valor literario y musical del género -su autor ha compuesto canciones para Clara Montes y Aurora Guirado y es autor del guión del documental La España de la copla: 1908, de Emilio Ruiz Barrachina, que acompaña la edición del libro-, y acerca al gran público la aportación de sus grandes figuras; la Piquer, Imperio Argentina, Miguel de Molina, Estrellita Castro, Juanita Reina, Antoñita Moreno, Manolo Caracol, Antonio Molina, Rafael Farina, Lola Flores, Marifé de Triana, Juanito Valderrama, el Príncipe Gitano, Rocío Jurado o Isabel Pantoja. Músicos inmensos, como Manuel López Quiroga -no se pierdan las bellísimas transcripciones para guitarra de sus mejores canciones grabadas por Carles Trepat (Nuevos Medios)-, Juan Solano o Juan Mostazo; letristas dotados de la inspiración de los grandes poetas, como Rafael de León, miembro de la generación del 27, que formó, con Quiroga y Antonio Quintero la tríada referencial de la copla.

Su arte desafía el paso del tiempo -Ojos verdes, Tatuaje, La bien pagá son clásicos eternos que admiten, por ejemplo, versiones tan distintas como las grabadas por Poveda y Plácido Domingo, que en su disco Pasión española (Deutsche Grammophon) interpreta, acompañado por la Orquesta de la Comunidad de Madrid y Miguel Roa, clásicos del género con brillantes orquestaciones de Emilio Aragón, Juan J. Colomer y Gabriel Fernández Álvez-. La copla es siempre una historia contada en tres o cuatro minutos, con su planteamiento, nudo y desenlace, y en esta dimensión tiene puntos de conexión con la ópera, por ello acierta Plácido Domingo al considerar cada copla "como una miniópera que con el texto y la música trata de llegar profundamente a la gente. Esa historia hay que sentirla con pasión y hay que cantarla con un temperamento, con un calor, con un sentido... Aquí el texto y el sentido de las palabras es muy importante", asegura el famoso tenor en la presentación de su disco.

Definitivamente, en la copla, la música brota de las palabras, son poesía hecha música. Por ello es tan importante la aportación de artistas como Martirio, el malogrado Carlos Cano, Joan Manuel Serrat, Luis Eduardo Aute o Joaquín Sabina, que han reivindicado el extraordinario valor de la copla, denunciando su apropiación por la dictadura franquista, y también, la miopía de muchos intelectuales que la han menospreciado por filias y fobias políticas. En esa línea también han sido decisivos los testimonios de dos escritores ya fallecidos, Manuel Vázquez Montalbán y Terenci Moix, del periodista Carlos Herrera o del ya citado Almodóvar. "Muchos intelectuales de izquierda dieron la espalda a la copla asociándola con el franquismo, pero afortunadamente hoy se impone una visión del género libre de prejuicios en la que caben las propuestas más diversas, desde Martirio, Sabina y Serrat hasta Concha Buika", explica Poveda. "Es curioso, en Argentina, Carlos Gardel es un mito; en Portugal, se cantan fados con reverencia, pero en España, se ha maltratado la copla de forma vergonzosa, por ignorancia y manipulación. La política no hace más que poner muros al arte y a la cultura".

Artículo de Javier Pérez Senz, diario El Pais, 30 de enero de 2010.-

Ménard, a performer


Se podría decir que Ménard tiene con el hielo una relación autobiográfica. Hace algunos años, ofreció un espectáculo de malabarismo en Burkina Faso, uno de los lugares más calientes de la tierra. La temperatura en el teatro era tan alta que los dueños del establecimiento idearon un artificio delirante pero efectivo: recubrir las paredes con gruesos bloques de hielo. La temperatura ambiente pasó a ser tolerable, pero la construcción glaciar no llegaba hasta el escenario. Ménard empezó entonces, de a poco, a deslizar sus malabarismos entre la gente hasta que en un arrebato de radicalidad apoyó su espalda en el hielo. Algo, entonces, sucedió. El hielo no la quemaba, pero tampoco la reconfortaba. Era una sensación más primaria, pero también más compleja: había encontrado en el hielo esa conjunción de muerte y belleza que le servía para pensar su propia identidad. Ese es el momento en el que se cifra el destino de su vida. Fue un momento importante también porque en la transformación del hielo, en el paso de lo sólido a lo líquido, encontraba la culminación de una obsesión que atravesó toda su vida, la del cambio de sexo.

Serrat analiza a Miguel Hernández: Tus cartas son un vino


Tus cartas son un vino. Poema de juventud, la época en la que escribía a su mujer, Josefina, con el aliento del amante lejano. "Cuando me falte sangre con zumo de clavel", dicen los versos, por ejemplo. Es una pieza evocadora, melancólica, apasionada.

en Deconstruir a Miguel Hernández, en el diario El país, 20 de febrero de 2010.-

Billie, ante su primera canción


Cuando Billie Holiday, de nombre Eleonora, nació el 7 de abril de 1915, su madre tenía 13 años y su padre era todavía un chaval de pantalón corto que iba dando patadas a las latas por la calle. Sucedió en Baltimore, ciudad famosa entonces por sus ratas. La madre se fue a Nueva York a fregar escaleras; el padre se enroló en una banda de jazz y desapareció. La niña fue entregada a los abuelos, que vivían en una casita de madera repleta de tíos, sobrinos y primos hacinados. Eleonora a los 10 años ya estaba desarrollada como mujer y tuvo que cambiar los patines y la bici por un cubo, un cepillo y algunos trapos. Aparte de este oficio heredado de la madre, la niña tenía el trabajo de resistirse cada noche a las acometidas de macho cabrío de sus primos en su cama.

En la esquina de su casa estaba el burdel que regentaba Alice Dean, donde Eleonora comenzó a hacer recados y servicios para el ama y las chicas. Iba a la tienda, subía y bajaba palanganas, ponía y retiraba la pastilla de jabón Lifebuoy, lavaba las toallas, todo por cinco centavos, pero la niña prefería no cobrar si a cambio el ama la dejaba escuchar a Louis Armstrong y a Bessie Smith en la victrola instalada en su sala de estar. Fue allí donde oyó por primera vez cantar sin palabras, sólo con sonidos del alma en la garganta que se acomodaban a su estado de ánimo. En su inicio los burdeles y el jazz eran la misma sustancia, en esos antros se codeaban blancos y negros de manera natural, algo que no sucedía en las iglesias. La niña bebió aquella música del propio manantial. Ella dijo un día: "Si hubiera oído cantar a Bessie en la casa de un pastor, no me hubiera importado hacerle gratis los recados".

A los diez años estaba enamorada de la actriz Billie Dove. Imitaba sus movimientos, su peinado, pero en la calle se fajaba a golpes con los niños de su edad y su padre, que la creía un marimacho por eso, comenzó a llamarla Bill. Era el nombre de su heroína. Billie. Y lo adoptó. El padre era trompetista. Durante los viajes con una orquesta de segunda iba haciendo hijos a otras mujeres por el sur y de pronto lo veían entrar por la puerta y al día siguiente desaparecía. La madre regresó de Nueva York y tomó huéspedes en casa para sobrevivir. La niña a los 10 años llevaba calcetines blancos y zapatos de charol que robaba en las tiendas, por lo que la bisabuela, que había sido esclava y leía mucho la Biblia, la llamaba pecadora.

Una tarde de verano uno de los huéspedes, un cuarentón llamado Dick, cogió de la mano a la niña y se la llevó a una casa con la excusa de que allí la esperaba su madre. Era un prostíbulo. Metida en una habitación comenzó a violarla. La niña se defendió con gritos y patadas, pero una mujer le sujetó la cabeza para que no le mordiera mientras el hombre se satisfacía. Por una vecina, amante despechada del violador, la madre supo adonde habían llevado a su hija. Llamó a la policía y la niña ensangrentada fue conducida al cuartelillo. Allí el sargento observó el volumen de los pechos y la consistencia de las piernas y a su alrededor comenzaron las miradas obscenas y las risitas. Permaneció varios días en la cárcel. Violada, con 10 años, Billie fue juzgada por un tribunal junto con su agresor. A él le condenaron a cinco años; ella fue encerrada en un correccional católico, regido por monjas robustas, donde la vistieron con un uniforme blanco y azul; a continuación, según el reglamento, cambiaron su nombre por el de una santa y a partir de ese momento Billie se llamaría Teresa.

Cuando una chica se portaba mal las monjas la vestían de rojo y prohibían a las demás que le dirigieran la palabra. Hay que pensar que durante los años que estuvo Billie enclaustrada en aquella institución el color del diablo era el que más veces lució aquella niña rebelde. Fue por Pascua cuando usó por primera vez el vestido rojo y así se presentó ante su madre que fue a visitarla llevándole dos pollos fritos, una docena de huevos duros y algunas golosinas. La monja capitana condenó a la cría a presenciar cómo las compañeras devoraban su comida sin que ella pudiera siquiera alargar la mano y luego la encerró durante toda una noche en una habitación a oscuras donde estaba el cadáver de una chiquilla que se había partido el cuello al caerse de un columpio.

Al salir del correccional, cosa que consiguió bajo amenaza de suicidio, Billie abandonó Baltimore y se propuso no cesar de caminar hasta llegar a Harlem. Sólo tenía 13 años y estaba muy desarrollada. Había perdido la virginidad con un negro trompetista en el suelo de la casa de su abuela, que la dejó sangrando y dolorida, de modo que odiaba el sexo, pero ya sabía en qué clase de perro mundo había caído. Llegó a la estación de Pensilvania de Nueva York sin equipaje, salvo un cesto con un pollo que devoraba sentada en los bancos de la calle. Se encontró con su madre y comenzó de nuevo a fregar suelos, esta vez en casa de una señora alta, gruesa y holgazana, que le gritaba y la llamaba negra con un tono despectivo. Fue la primera vez que oyó esa palabra como un insulto. La niña le estampó un jarrón en la cabeza. "Tiene que haber algo mejor que esto", se dijo. Sabía que nunca podría ser una buena criada.

Su madre la llevó a una casa lujosa de pisos en la calle 141 de Harlem cuya dueña se llamaba Florence Williams. No en vano había vaciado palanganas y lavado toallas en casa de Alice Dean, por eso supo enseguida que aquello era un prostíbulo. Comenzó a trabajar a 20 dólares, cinco para la dueña, preferentemente con blancos, de ésos con mujer e hijos que tienen que volver pronto a casa, nunca con negros desde que uno de ellos, un garañón inmenso, de esos que te dicen: "¿Te gusta, nena?", mientras te destrozan, la dejó varios meses fuera de combate. Un día le negó sus favores al rey del Harlem, un tipo duro llamado Big Blue Rainier, amigo de la policía. ¿De modo que una negra no quiere acostarse con un negro? El tipo la denunció por ser menor de edad y Billie fue a parar otra vez a la cárcel.

A los 15 años iba un día por la calle 133 llena de antros de música, dispuesta a cualquier trabajo con tal de conseguir cincuenta pavos que le exigían a su madre para evitar que le echaran el colchón por la ventana. Entró en el garito Pod's and Jerri's, un local de swing y pidió cantar. Mandó al pianista que tocara Trav'lin All Alone. Al sonar aquella garganta se hizo el silencio en el que hubiera podido oírse un alfiler si caía en el suelo. En ese local las chicas tenían que recoger con los genitales las propinas que los clientes dejan en las mesas. Billie Holiday se negó a pasar por esa humillación. Un caballero le dio los dólares en la mano y debido a su orgullo las compañeras comenzaron a llamarla duquesa o Lady Day. Aunque una de las golfas del cabaré dijo que Billie cantaba como si apretaran los zapatos, la verdad es que cantó la primera canción con la voz de una gata herida y humillada en su constante rebeldía de saltar por todos los tejados. El dolor continuaría hasta el final de su vida. La leyenda de esta reina del swing no había hecho más que empezar.

Artículo de Manuel Vincent, diario El país, 21 de noviembre de 2009.-

Gino Paoli: Il cielo in una stanza o Che cosa c'é


Desde hace medio siglo las canciones de Gino Paoli (Monfalcone, 1934) tienen reservado un lugar destacado en el dispensario sentimental de la sociedad italiana. Composiciones como Il cielo in una stanza, Sapore di sale, Senza fine o Che cosa c'é han puntuado la Italia del milagro económico que Luchino Visconti radiografiaba en blanco y negro con Rocco y sus hermanos y Vittorio Gassman recorría frenéticamente en La escapada. Una Italia que abría las orejas y recibía con sorpresa los temas existencialistas que cantaban los portavoces del pop intelectual, los cantautores -el término tiene aquí su acta de nacimiento- con su desasosiego anímico y actitud inconformista. Domenico Modugno había lanzado su Volare en el Festival de San Remo anunciando el despegue de la nueva canción tricolor y en Génova, una serie de intérpretes-autores, Bruno Lauzi, Umberto Bindi, Luigi Tenco, Sergio Endrigo, Fabrizio De Andrè y Gino Paoli, recogerán el testigo de la nueva ola. Cantantes como Mina y Ornella Vanoni transforman esta canzone diversa en pequeñas obras maestras de lirismo y consumo televisivo mientras comienzan a destejerse algunos corsés morales. "Para mí la evolución en estos cincuenta años", señala Gino Paoli, "ha sido bastante negativa. Cuando yo comencé en aquellos años sesenta, había mucha más pasión y mucho menos business, ahora sin embargo, tenemos muchísimo business pero a cambio poquísima pasión. Hoy en día lo que se busca es que el producto sea rentable como una pastilla de jabón. Tenemos otro discurso, que forma parte de un método donde no se trata la cultura como una inversión a largo plazo, sino que las inversiones tienen que ser a corto plazo, y esto también sirve para la canción, un producto de venta que se consume rápidamente, y luego se desecha". En 1963 en las radios de media Europa se escucha el saxo de Gato Barbieri subrayando la canción Sapore di sale, un canto de vibrante sensualidad que ha dejado la relación entre el músico y una joven actriz llamada Stefania Sandrelli. La canción lo posiciona como el abanderado de un neorromanticismo musical que ha segregado en este medio siglo algunas de las más bellas palabras de amor de la canción popular italiana. "Es verdad", dice Paoli, "que a menudo el artista encuentra una fórmula y después la repite toda la vida, construyendo sobre esa fórmula original. Para mí el artista es un creador de preguntas, un fabricante de interrogaciones, y estas nunca se acaban porque cada día la vida te ofrece preguntas. Por lo que respecta a mí, al menos como artista, trato de no escribir las mismas cosas, siempre busco algo más, plantearme otras preguntas". Es sin duda esta búsqueda la que le ha conducido a escribir una canción como Il Pettirosso contenida en su último álbum, Storie, donde cuenta el intento de violación de una niña por un anciano que muere antes de realizar su terrible acto despertando la piedad de la pequeña ante el cadáver del hombre. Frente a la polémica suscitada por su canción, el cantautor ha defendido el papel del creador y ante las cámaras de la RAI ha rechazado las acusaciones de indulgencia hacia los pedófilos que desde algunas tribunas le han lanzado. "Empecemos diciendo una cosa: creo en las preguntas, no en las respuestas. Un hombre decente debe hacerse preguntas, y frecuentemente responder con otras preguntas. Los que llevan las respuestas en el bolsillo, mi experiencia me dice que no son los mejores, por eso prefiero cultivar las dudas, no las certezas".

Una infancia marcada por la Segunda Guerra Mundial y la muerte, una primera vocación plástica como pintor, que nunca ha abandonado, y el descubrimiento de la canción como instrumento expresivo y forma de ganar dinero. Paoli hará el tránsito de una vida bohemia, que quedará memorizada en la melancólica balada La gatta, al mundo de las fans y los festivales de música. "Mis raíces musicales son el jazz, la canción francesa, desde luego la canción popular italiana, pero también está la ópera, la música sinfónica y otras referencias. Creo que el artista es alguien que va embotellando una serie de informaciones, que luego van madurando, pero después, todo este magma, todo esto que ha ido almacenando tiene que salir, transformado en otra cosa". Como a otros intérpretes italianos, la herencia francesa de los Brassens, Ferré y Brel le servirá de cabecera musical dejando una excelente versión del casi intocable Ne me quitte pas (Non andare via) mientras difunde las canciones de Serrat, traduciendo, entre otras, Mediterráneo, una canción que ha acabado por formar parte de su repertorio, como expresión de su paisaje vital, la Liguria. "Para mí el Mediterráneo significa tener los pies en el agua. He nacido y he vivido con los pies en el agua. Para mí Mediterráneo también significa sentirte más próximo de un catalán o de un marsellés que de un milanés o de un parisino, porque el mar acaba dejándote una huella, y el Mediterráneo lo hace de una manera muy particular".

Integrante de una generación que buscaba dar a la canción una dignidad expresiva a través de la música y los textos, reconoce que "no se puede escribir eso que llamamos la canción perfecta". "La canción es un flash emocional, la traducción de unas emociones, de algo abstracto, que trata lo más posible de acercarse a esas emociones, aunque sin llegar a conseguirlo totalmente. Quizás la canción que más se ha acercado a atrapar esas emociones que quería expresar ha sido Sassi".

En un mundo o negocio musical donde los artistas se dividen en dos categorías, aquellos que no se mercantilizan y el resto, Paoli ya hace tiempo que decidió formar parte del primero por higiene mental. Una elección que le ha procurado algunas épocas de ostracismo musical, quizás por esa naturaleza anárquica y libertaria, heredera de aquella mauvaise réputation brasseniana que ha querido reflejar en el gato, objeto de atención en alguna de sus composiciones. "Me gustan los gatos porque son la representación de lo que yo entiendo como la libertad. Para mí la libertad no es el estado del tigre en la jungla, para mí la libertad es la capacidad de ser libre donde hay restricción, y el único animal que saber vivir, sin importunar, en un espacio restrictivo, conservando su total libertad, es el gato, por eso me gusta". A sus 75 años rehúye con vehemencia la etiqueta de clásico. "Nunca me he sentido un clásico, tengo la pretensión de continuar estando vivo, no quiero convertirme en un monumento, quiero ser una persona, que sigue viva, que continua buscando, preguntándose". Quizás en un instante de locura de esa búsqueda existencial hace 47 años decidió pegarse un tiro en el corazón. Afortunadamente, no era el día señalado y solo le dejó el recuerdo de un pedazo de plomo alojado en su cuerpo. Quizás un día dé con esa canción perfecta que traduzca con exactitud sus emociones. Y sigue cantando con su grupo de jazz en pequeños clubes canciones de Chet Baker y a la gata que tenía una mancha negra... -

"Guapo" y sus isótopos


Este libro parte del asombro ante la existencia de palabras tan próximas como "guapo", "lindo", "bonito"... Prueba de su similaridad es que no se pueda decir "el niño es guapo y lindo". Ferlosio las llama, con una analogía química, "isótopos", o sea "del mismo lugar", y si le seducen es por sus relaciones "conceptualmente brumosas donde la mente no se ve asistida por la visión de netos límites semánticos, ni deslumbrada por su claridad".


Para explorarlas, el autor analiza otras esquinas de la lengua. El superlativo "buenísimo" no puede construirse con "muy", pero "excelente" (que no acaba en "-ísimo"), tampoco. Pues bien: a la serie que nos interesa se une uno de estos "superlativos funcionales": "precioso". Su sentido original, "digno de ser preciado", se ha deslizado también hacia la zona donde reina "guapo", como prueba la ambigüedad de "un libro precioso" (que es valioso o bonito).

Pero ¿cuál es la relación entre "guapo", "bonito", "mono", "lindo"...? No es de oposición, ni de sinonimia, ni de gradualidad, sino que son "matices de una misma dimensión". ¿Quizá como ocurre con "rojo" y "amarillo"? Un salto sin red nos llevará al campo de los colores. Pero "no es rojo, es violeta" constituiría una corrección, mientras que "no es guapo, es mono" es una mera precisión. En conclusión, la serie de los colores no es similar a la que nos ocupa.

La evolución en el tiempo introduce una nueva dimensión. "Guapo" proviene del latín "vappa", "vino insípido", "bribón". Aparece en uso en el siglo diecisiete, probablemente desde el francés, en el sentido de "chulo", "rufián", que luego pasa a "valiente", y por fin al sentido actual.

Le interesa a Ferlosio saber el lugar de nacimiento de esta acepción, y lo encuentra en las alabanzas dirigidas al oyente, que suelen constituir series: "¡Bonito!, ¡guapo!, ¡precioso!". No tienen la misión de sumar significados (como cuando se dice "el caballo es rojo, alto y veloz"), sino la de "remachar sucesivamente una única intención expresiva, de ser, en una palabra, martillazos sucesivos sobre el mismo clavo".

¿Cómo pasó "guapo", palabra rufianesca, a los labios amorosos de una madre? Saltamos así a explorar otro rincón de la lengua, el del arrebato: "La pasión necesita siempre de palabras que franqueen algún límite, para colmar sus ganas expresivas", y al fin y al cabo, como decía Sancho Panza, "no es deshonra llamar hijo de puta a nadie si cae bajo el entendimiento de alaballe".

Y por fin se analizan las diferencias semánticas en el seno de la isotopía: "guapo", "bonito", "lindo"..., ¿se aplican a hombres, a mujeres, a niños?; ¿al cuerpo, a sus partes; al rostro? Especialmente curioso es el caso de "mono", nacido quizá como apelativo del niño que ya gesticula, pero no habla, y se asimila al animal (como se ve por otra lindeza que se le dedica: "macaco"). Aplicado a cosas, rebaja sus valores: un "cuadro mono" es sólo decorativo. Al compararlo con "guapo" resalta un hecho: "mono" parece aplicarse a los rasgos faciales poco marcados. Así, "la Princesa de Asturias, que era sin duda una mujer muy guapa, ha preferido trocarse en una chica mona"...

Ni qué decir tiene, siendo una obra de Rafael Sánchez Ferlosio, que "Guapo" y sus isótopos está admirablemente escrita, con su característica prosa frecuentemente ramificada en largos periodos. Pero su argumentación (que, como es obvio, ha perdido gran parte de su sutileza en este resumen) se controla férreamente, y al lector se le lleva de la mano desde la hipótesis de inicio hasta el QED, "como queríamos demostrar", final.

En suma: un libro precioso.

Artículo de José Antonio Millán, diario El país, 31 de octubre de 2009.-

La Voz


Los secretos detrás de "La Voz"
A partir de fuentes de primera mano, un libro ­que sirve tanto a expertos como iniciados­ recorre la inmensa trayectoria discográfica de Frank Sinatra, desde sus años dorados para el sello Columbia hasta su decadencia evidente de los 70

Tanto énfasis puesto en el papel revolucionario de Los Beatles en materia de grabación de discos puede llevarnos a una conclusión apresurada y, por ende, falsa: la de suponer que ellos marcaron el año cero de los estudios de grabación. El magnífico libro de Charles L. Granata sobre las sesiones de grabación de Frank Sinatra, El sonido de Sinatra. 1939-1994 (Alba Editorial, Barcelona, 2009) echa luz sobre un tema comúnmente soslayado cuando hablamos de los géneros y estilos previos a la cultura pop.

Queda claro que Granata no relativiza la importancia del paisaje sonoro de los años 60; simplemente nos cuenta, con detallismo exquisito y fuentes de primera mano, todo el esmero que Sinatra dedicó a la concepción material y espiritual de sus discos. Ya en su descripción de los años "Columbia" del gran cantante ­el período comprendido entre 1943 y 1953, cuando el muy competente Axel Stordhal escribía y dirigía los arreglos­ Granata nos advierte que, al menos para Sinatra, la grabación de discos nunca fue un trámite de rutina. Por el contrario, participaba activamente en una serie de cuestiones que, en otros casos, solían reducirse a los técnicos y al director musical. De hecho, su estilo de canto fue evolucionando velozmente al fragor de los avances en la técnica de grabación y edición.

Fue así como el artífice de los primeros álbumes monográficos ­en cierto modo, antecedentes de los discos "conceptuales" de la era del rock­ terminó siendo, en palabras de su entusiasta exégeta, "el mejor profesional del mundo en estudio de grabación". Mientras que en otros cantantes ­Nat "King" Cole, por caso­ la grabación significaba el mero traslado de una performance musical a una determinada forma de reproducción mecánica, para Sinatra fue exactamente al revés: el "original" era el disco, que luego el proverbial charme de La Voz llevaba a los escenarios del mundo entero.
La comparación con el notable Nat Cole no es antojadiza. Cuando Nelson Riddle inauguró la etapa "Capitol" de Sinatra, venía de trabajar, en el mismo sello, con Cole.

Pero fue con los álbumes Songs for young lovers, In the wee small hours, Close to you y otros cuantos del período 1954-1961 que Riddle logró liberar sus mejores ideas de orquestación, al punto tal de dejar su nombre eternamente asociado al de su cantante-jefe.

Desavenencias con la Capitol empujaron a Sinatra a realizar el sueño del sello propio, Reprise.
Con las batutas de Gordon Jenkins, Billy May, Don Costa y Neal Heafti, la serie de Reprise reveló la versatilidad de Sinatra para un repertorio vasto y heterogéneo. Si bien logró varias proezas artísticas a principio de los 60 ­los discos con Count Basie resultaron brillantes­, su estrella fue perdiendo luz gradualmente bajo el signo de tiempos culturalmente desfavorables para su estilo. Sin entender el fenómeno del rock y el pop, cometió el desatino de cantar algunas canciones del Top Forty de los 60 y 70. Algo indulgente en este punto, Granata se esfuerza en destacar el profesionalismo de su héroe, aun en la etapa final, cuando la decadencia era evidente.

A lo largo de esta auténtica biografía artística, Granata examina, álbum por álbum, el derrotero de un estilo vocal estrictamente elaborado, en una curiosa, y acaso irrepetible, combinación de instinto y autocontrol. Tan impulsivo como perfeccionista, una vez comprendido el sentido general de la canción que iba a grabar, Sinatra confiaba en su capacidad para dar todo de sí en pocas tomas, no más de dos o tres. En cuanto a su sonoridad y fraseo, éstos se habían inspirado en los de Billie Holiday, Bing Crosby y Mabel Mercer. Pero Sinatra tenía recursos respiratorios y fónicos sin duda superiores a los de sus predecesores. Que haya sabido administrar esos recursos tan inteligentemente, con un sentido de progresión dramática absolutamente personal ­podía haber sido cantante lírico, aunque su estilo contrastó fuertemente con el de los divos de la ópera­, no sólo se debió a sus dotes vocales. Mucho tuvo que ver en la forja de La Voz esa profunda integración al mundo de la música grabada sobre la que Granata erige la tesis general de su libro.

Los fans argentinos de Sinatra ­que son muchos, especialmente entre músicos y cantantes­ estarán de parabienes con la edición en castellano de un libro que, a casi una década de su edición original, se ha convertido en un clásico en su materia.

Como añadido a la recensión discográfica, Granata reproduce información muy jugosa: lo poco que a Sinatra le gustaba "My way" ("A mi manera"); la sólida relación artística que supo tener con el letrista Sammy Cahn ("el hombre que más palabras puso en la boca de Sinatra", autor de piezas como "Three coins in the fountain", "I fall in love too easily" o "The tender trap", entre muchas otras ); las horas de fraseo y notas mantenidas que el cantante ejercitaba mientras se entretenía nadando; los problemas para grabar con la orquesta de Duke Ellington y la bendición que el micrófono U47 Newman significó para un cantante siempre atento al progreso tecnológico.

En este último punto, el favoritismo le juega a Granata una mala pasada. A juzgar por que lo que ha escrito Gary Giddins en Bing Crosby. A pocketful of dreams, fue Crosby, no Sinatra, el verdadero "inventor" del micrófono como artilugio vocal. De cualquier manera, valen las palabras con las que Bing reconoció a quien lo suplantó en el podio de los crooners: "Sólo cada cien años aparece una voz como la de Sinatra. ¡A mí me tocó vivir en el siglo de Frank Sinatra!"

Artículo de Sergio Pujol para la revista Ñ, grupo Clarín, 6 de febrero de 2010.-

No le gustó la Piaf de Elena Roger


La actriz y cantante argentina Elena Roger se dio a conocer en Londres en 2006 con una reposición de Evita a las órdenes de Michael Grandage, el patrón del Donmar Warehouse, donde dos años más tarde protagonizaría Piaf, de Pam Gems, que la ha llevado al estrellato. El espectáculo permaneció luego cuatro meses en el West End (Vaudeville Theatre), le valió el Olivier a la mejor actriz de musical (cosa insólita, porque los británicos no premian a un foráneo ni bajo tortura), llenó el Liceo de Buenos Aires durante el verano de 2009 y sigue llenando el madrileño Nuevo Teatro Alcalá, que acoge la producción del Donmar, creada por Jamie Lloyd, con reparto y equipo porteño comandado por Edgardo Millán. La poderosa mixtura angloplatense está a años luz de los habituales musicales "de franquicia", aunque cuesta un poco acostumbrarse a una Piaf que dice "andá a cagar, boludo" como una maleva de Abasto. Por otro lado, el Alcalá es un teatro precioso, con excelente acústica, pero no permite la proximidad del Donmar o el Liceo: el espacio revela por igual la formidable energía del elenco y la extrema delgadez del texto de Pam Gems, estrenado en 1979 por Jean Lapotaire y repuesto en 1993 por Elaine Paige. La función actual, podada por la autora (presumiblemente para que quepan más canciones) dura 90 minutos sin intermedio y parece seguir, en una sucesión de viñetas tan trilladas como veloces, la estructura patentada por El último cuplé: infancia miserable, empresario paternal, vida turbulenta, muerte de su único amor, fama y soledad, caída en picado. La escenografía de Soutra Gilmour combina la embocadura de un viejo teatro con un pavimento adoquinado y lo que se diría la parte inferior de un puente del Sena o la sala de estar de Batman, según como se mire. La iluminación es extraordinaria: Neil Austin (y su homónimo argentino, Sebastián Barcat) crean y delimitan atmósferas en cuestión de segundos, con la fuerza y la poesía tenebrista de los maestros del cine negro. El relato no puede arrancar mejor: la ruinosa Piaf sufre su último colapso en el Olympia y antes de desplomarse es sostenida por una docena de manos que, en una coreografía huracanada, la desnudan y la vuelven a vestir de adolescente, retropropulsándola al Belleville de los años treinta, donde se abre camino (mitad putilla, mitad cantante callejera) en compañía de su amiga Toine (Gipsy Bonafina), hasta que Louis Leplée (Néstor Sánchez), empresario del Gerny's, la planta en los Campos Elíseos.

Pam Gems se pasa la cronología por el forro (sitúa el romance con Cerdan antes de la gira americana, o su historia con Montand -que empezó en 1944- en la última etapa de su vida), pero lo peor es la anemia de las escenas, que convierte a los personajes en meros perfiles, y el dibujo de la estrella (vulgar, promiscua, adicta), que acaba recordando a la abuela de Amy Winehouse: su angelismo claro y melancólico asoma muy raramente.

La ocupación es un puñado de alemanes groseros que se la quieren tirar. La resistencia es un buen mozo que se la tira y le da tema para Mon legionnaire. Aparece Marlene Dietrich (Natalia Cociuffo) para cantar con ella La vie en rose y decirle (reiteradamente) que no beba tanto. El affaire Piaf-Cerdan sintetiza lo mejor y lo peor del espectáculo. El instantáneo clima del ring (humo, vapor, luces bajas) es tan impresionante como el de Urtain, y el armazón de la secuencia es vigoroso, pero parece una película a cámara rápida: combate, polvo, muerte, canción. (Mon Dieu cumple aquí la función que cumplía El relicario en manos de Juan de Orduña). Poco más tarde, durante la gira yanqui, Piaf canta la versión inglesa de Les trois cloches con Les Compagnons de la Chanson. Desafiante, como si se choteara de su nuevo público. Tampoco era eso: la cosa tiene su gracia, pero está a un paso de Les Luthiers. A la postre, acabamos sabiendo más del personaje por sus canciones (la alegría cercada de dolor de L'accordeoniste, el extrañamiento radical de La ville inconnue) que por todos los sketches de la señora Gems. En la segunda parte, Elena Roger muestra su talla actoral en la transformación física de la cantante, quebrada por la morfina y el alcohol. Ahí advertimos también un notable trabajo de voz: ha sido trémula y burlona al principio (y un poco demasiado nasal para mi gusto), luego amplia y majestuosa como un gran río, y cada vez más rota en su declive. Hay una buena escena "de texto": el enfrentamiento con su mánager, Louis Barrier (Rodrigo Pereira), en la habitación del Ritz. Y una metáfora tan sencilla como intensa: cuando canta Bravo pour le clown con un pie en el delirio, acosada por un cañón de luz que agiganta su sombra. Y los sensibles apuntes de su relación con Theo Sarapo (Pablo Grande), rematados por el impecable dúo de ¿A quoi ça sert l'amour? Sarapo tiene aquí más peso y más humanidad, sorprendentemente, que Montand y Aznavour, que fueron mucho más importantes en su vida: misterios del texto. "De acuerdo en que el libro es poca cosa", me dicen a la salida, "y que casi nada respira y se adensa, pero ¿no te emocionó Elena Roger hasta las lágrimas? ¿No es, cuando canta, la Piaf rediviva?". Lamento no poder responder "sí, me partió el alma". Tiene enorme autoridad escénica, y energía furiosa, y entrega a raudales, y volumen de voz, y una técnica impecable, y un fraseo que en ocasiones es casi idéntico, pero la esencia se le escapa. Y la irrepetible esencia de la Piaf es que cantaba como si le fuera la vida en ello: eso se puede imitar pero no se puede encarnar. Sólo sentí un pellizco aproximado en las tres ocasiones ya dichas: La ville inconnue, L'accordeoniste, Bravo pour le clown. Quizás no sea magro botín para una apuesta tan alta y tan difícil. No me erizaron el vello ni su Hymne a l'amour, ni Mon manège a moi, ni el Non, je ne regrette rien que cierra el espectáculo y pone al público en pie. En otoño, Elena Roger vuelve al Donmar para interpretar Passion, de Sondheim. Tengo verdaderas ganas de ver lo que consigue con el personaje de Fosca.

Piaf, de Pam Gems. Dirección de Jamie Lloyd. Nuevo Teatro Alcalá. Madrid. Hasta el 18 de julio.
Reseña de Marcos Ordoñez, diario El País de Madrid 29 de mayo de 201o.-

Molina: "Yo quería ser música"


Es así: Juana Molina -música, nacida en 1963 en Buenos Aires, cuatro discos en su haber, un quinto de aparición reciente- se planta solita y sola sobre un escenario en Birmingham, en Glasgow, en Boston, en Nueva York, en Seattle, en Tokio, y un público silente y respetuoso se mece embrujado con sus melodías y mienta su nombre como quien secretea una contraseña. Y eso -el público silente y embrujado, respetuoso- ahora es también así -silente y embrujado, respetuoso- en Buenos Aires. Pero durante mucho tiempo esta hija de un prestigioso cantante de tangos y boleros -Horacio Molina- y de una belleza imperial -Chunchuna Villafañe, actriz, modelo- fue, en su país, vapuleada por la crítica y abucheada en vivo y en directo.

Hasta 1994, Juana Molina fue la mejor comedianta argentina de su generación. En 1982, de regreso desde el exilio en Francia -donde había llegado niña, después del golpe de Estado de 1976 en su país-, consiguió trabajo en un noticiero paródico de la televisión -La noticia rebelde-, donde la vio un pope de la comedia nacional -Antonio Gasalla-, que la llevó a su show. De eso a tener programa propio hubo un paso: en 1991, Juana Molina hacía veinte personajes (una cosmetóloga tontísima, una coreana perdida en los laberintos del idioma, una psicóloga con bigotito) en el programa Juana y sus hermanas, y tres millones de personas veían, semana a semana, esa explosión de talento. Pero en 1993 quedó embarazada, le indicaron reposo y, en el reposo, Juana recordó que había empezado a actuar para ganar dinero y dedicarse, con ese dinero, a ser lo que siempre había querido ser: música. Música desde que su padre, a los cinco años, le había regalado una guitarra. Música desde que, allá en su infancia, inventaba melodías de cuarenta y cinco minutos montadas sobre dos acordes. Música desde que cantaba sobre el ruido que hacía el ascensor de la casa de su abuela. "Yo quería ser música. Después, la timidez me hizo creer que no. Cuando estaba sola, componiendo, me parecía lo más divino del mundo. Cuando aparecía alguien a escuchar, me parecía una porquería". En 1994, después del nacimiento de su hija, dijo: "Actriz no seré más y seré música". Su primer disco fue Rara, editado en 1996 en MCA con productor que hoy es estrella: Gustavo Santaolalla. Pero no tuvo difusión, y quedó sepultado en maraña de olvido. Las presentaciones en vivo no fueron mejores. La gente acudía en masa a ver el show de la chica de la tele y, cuando empezaban los primeros acordes -un patchwork de diversas texturas lastimado por su voz infantil-, indefectiblemente alguien gritaba: "¡Juana, hacé la coreana!". Cuando quedaba claro que la coreana no, la gente se iba: un goteo imparable vaciaba la sala hasta que quedaban siete donde había habido cien.

En el año 2000, a pesar de la experiencia aciaga, Molina grabó, en estudio casero, un disco que llamó Segundo, capas superpuestas de sonidos en las que se entreveraban ritmos folclóricos y nanas infantiles, grillos, ladridos de perros, todo bordado por una voz que caminaba en punta de pie sobre letras simples: "¿Quién la abrazará por siempre, quién le curará la tos? / Siempre y cuando esté presente / una madre es más que dos", cantaba en Quién. En la Argentina se publicaron, sobre Segundo, cuatro artículos: dos reportajes y dos reseñas en las que los críticos lamentaban que Molina no regresara a la televisión.

Entonces, en 2001, Juana envió un puñado de ejemplares a un distribuidor en Japón, Segundo resultó el disco argentino más vendido en aquel país, y ella descubrió que, al otro lado del mundo, su música era motivo de admiración, no de desprecio.

En 2002 sacó otro álbum, Tres cosas. El álbum llegó a manos de Laurence Bell, dueño del sello independiente inglés Domino Records, que decidió editar Segundo y Tres cosas en Estados Unidos y el Reino Unidos. Entonces, medios como la Rolling Stone americana, The Independent y la BBC la llenaron de elogios, la compararon con Björk y la recomendaron con fervor. Juana empezó a girar, imparable, por Europa y Estados Unidos y, aunque en 2004 David Byrne la invitó a abrir sus shows durante su gira por ese país, el golpe de gracia llegó cuando, el 26 de septiembre de 2004, The New York Times dijo que Tres cosas, de Juana Molina, era uno de los mejores diez álbumes pop del año, entre How to dismantle an atomic bomb, de U2, y Medulla, de Björk. Entonces sí, Juana Molina llegó a la primera plana de los diarios argentinos, que se enorgullecieron del éxito de la hija de la patria. Se le dieron premios -Konex, Carlos Gardel- y se le hicieron reseñas elogiosas. "Cuando llegó lo de The New York Times hacía rato que afuera me iba bien, y que acá las críticas decían: 'Juana Molina es lo peor'. Yo no le creo a nadie, porque los mismos que antes decían que lo que yo hacía era una mierda, ahora dicen que soy un genio". Sea como fuere, en Buenos Aires los recitales empezaron a llenarse de un público que ya no bramaba "la-co-reana", y que permanecía sentado hasta el final. A Tres cosas siguió Son, en 2007. Durante 2008, Juana giró junto a Feist y, en diciembre, sacó su último disco, Un día, que Domino editó en la Argentina y el resto del mundo -eso incluye España- y que la tiene, ahora mismo, de gira por Australia. Un día reúne ocho canciones en las que se mezclan bombos con guitarras con teclados con destellos electrónicos y el resultado es una música tenue enhebrada por su voz austera, volátil, ocho canciones tan indefinibles como las de sus discos anteriores que, una vez más, hacen que, en las disquerías del mundo, Juana Molina aparezca en las secciones de folk, electrónica, singers and songwriters, pop y avant garde. Como si ella -una- fuera, también, muchas: todas.

Las tapas de sus discos muestran, siempre, una foto suya. Si en Segundo su nariz asomaba entre un matorral de pelo, si en Tres cosas, desde la sombra de su perfil, crecía un apéndice digno de Pinocho, si en Son se veía una imagen de la infancia, en Un día es su rostro espejado, replicado sobre sí mismo: Juana dos veces Juana, alguien perturbador y perturbado que acaba de salir del laberinto de un fauno intoxicada de músicas extrañas. Músicas que están hechas para ser escuchadas fuera del mundo. O, al menos, haciendo de cuenta que el mundo no existe. -

Artículo de Leila Guerrero, para el diario El país de Madrid, 7 de febrero de 2009.-

Pop culto


¿Hay más discos o libros en el apartamento de Konstantin Gropper? El interpelado, un joven alemán de cara redonda y sonrosada, alza sus ojos claros en señal de cábala y admite: "No sabría decir con precisión, pero varios miles en ambos casos. Y si sumamos la colección de mi novia, muchos más aún".


Gropper es el compositor, alma y cabeza visible de Get Well Soon, un sexteto de pop orquestal que inevitablemente llama la atención por lo elevado de sus referencias estéticas. Este año ha alumbrado un precioso segundo disco, Vexations, que toma su nombre de una poco divulgada partitura de Erik Satie ("mi padre es músico clásico, pero él tampoco la conocía"). Para que nos hagamos una idea: el álbum se abre con un tributo (Seneca's silence) a nuestro filósofo cordobés Séneca el Joven; toma prestadas sentencias de Marx, Sartre o Nietzsche, hace alarde de cinefilia (Werner Herzog gets shot) o propone visitas a los grandes templos del arte, como en A voice in the Louvre.

Erudito pop orquestal de Fernando Neira, en el diario El país, 5 de marzo de 2011.-

María Elena, Tita, la Raval: memories


26 de febrero de 2007 . Primer día de trabajo sobre Canciones para mirar y Doña Disparate y Bambuco . Pero ninguno tiene ganas de trabajar. Charlamos un rato largo, larguísimo, Sara, María Elena y yo, escuchando un disco de Rosita Quiroga, que le traje porque, según María Elena, no hay tango como “Fumando espero”. “…Y mientras fumo, mi vida no consumo…”, tararea MEW, como si nosotros mismos no fuéramos capaces de percibir semejante “excelsitud”.

“A mí me encanta todo el tango”, suspira Sara. “Mi papá me enseñó a bailarlo. Es que ésa era la música, la nuestra… No había otra opción: o la típica o la jazz. Sólo mucho más tarde, como en el 55, llegó el baión… ¿te acordás María Elenita?” “Teeeeeengo ganas de bailar el nuevo compás….”, canta MEW por toda respuesta. “¡Ah, qué divina esa Tita”, suspira enseguida, cuando Rosita canta “Qué vachaché”. “¿Merello?”, pregunto. “¿La conociste?” “Me extraña, Brizuelita. ¡Compartimos camarines! Nos respetábamos mucho. Y eso se notaba. Una vez”, sigue María Elena, mientras yo abro por fin mis carpetas para empezar a trabajar, “también estuvo Estela, en nuestro camarín.” “¿Qué Estela?” “Raval.” “Y cuando Estela estaba ya por salir al set –era en los Sábados Circulares de Pipo Mancera– Tita, que no se había dignado mirarla, la llama y le dice: ‘Piba –así, con un tono sobrador–. Piba, vení’. Estela obedeció, sorprendida, y Tita le acomodó la boa que la otra se había atado horriblemente, y que entonces le quedó espléndida. ‘Andá ahora. Andá nomás’. Brizuelita: nunca tenías que irte del lugar donde estaba Tita Merello. Tan pronto se fue Estela, Tita me miró y me dijo: ‘Rubia, ¡esta no va a llegar a nada...!’”

Leopoldo Brizuela, revista Ñ 29 de enero de 2011.-

lunes, diciembre 26, 2011

Criaturitas del flamenco


Llegado el tiempo navideño nos tenemos que acordar de las criaturitas del señor flamenco. Las hubo que empezaron como niños cantores. Enrique Morente fue seise en la catedral de Granada, y José Mercé calentó sus infantes cuerdas vocales dándole al gregoriano en la jerezana basílica de la Merced, que de ahí deriva su apelativo. La mayoría, sección niños-prodigio, se dio a conocer en concursos; los radiofónicos por delante. Sin ir más lejos, Paco y Pepe de Lucía. Recordemos, pues, con el telón de fondo de la epifanía, esa pequeña historia de la precocidad flamenca en microsurco para familiar gozo y disfrute del recreo vacacional. Amén.


La Niña de los Peines y el Niño de Marchena fueron, porque lo valían y por avanzadilla, los que marcaron la época de "los niños" en el gremio flamenco, cuando se grababa en disco duro de pizarra. Llegará la República y después la oscuridad. En la plena sinrazón -y sin ración- de la Guerra Civil, muchas familias acertaron descubrir en sus retoños una providencial fuente de ingresos. Y los escenarios vieron florecer una grimosa hornada de infantes flamencos a imagen y semejanza de los astros del arte andaluz. El 13 de diciembre de 1937, la mesura gubernamental dispuso una ordenanza que prohibía en el Madrid sitiado la actuación de niños en espectáculos de adultos. Pero se siguió cantando y grabando.

En esos tiempos grises los chinorris de facultades desproporcionadas se dieron a cantar lacrimógenas coplillas que entusiasmaron al sufrido oyente, que con el corazón encogido los escuchaba a placer sollozando. Ahí quedan las dos condiciones sine qua non: era impensable que la muchachada llegase entonces a lugar alguno, siendo ese lugar el micrófono o el escenario; tener unos pulmones descomunales y entonar una sarta de penalidades, amén de ser andaluz o parecerlo. Atención, vayan sacando el pañuelo: "Que soy huérfano de pare, / de mare también lo soy, / que soy huérfano de pare / y no tengo más calor / que-el-que-la-pobrecita-mi-agüelita-quiera-darme. / ¡Que no me abandone a mí mi agüela, Dios mío!". Esto es pa llorá de momento. Una cosa horrorosa. Lo cantaba Chiquito de Triana, que siendo Mayorcito de Triana fue cuñado y cantaor de la inmortal bailaora Carmen Amaya. Una alegría.

El artista miniatura de mayor alcance nacional e internacional en nuestra época pos-ONU será Joselito, cuya abultada discografía, en elepés microsurco para la RCA, y cinematografía, producida por Cesáreo González, dan cuenta de unos trances morrocotudos difícilmente soportables hasta para el mismo Job, que Job-selito debieron bautizarle. Llegaba el desarrollismo pero aún era menester buscarse plataformas para la fama, porque muchos platos seguían criando telarañas. España lloró más que Jeremías viendo, en su cine de birria, las aventuras y desventuras -mayormente- de esos breves jilguerillos del quejío, de suyo zascandiles. Zascandiles, pero más buenos que el pan que escaseaba, y capaces de devolver al mundo malo la fraternidad ecuménica. ¡Digo! ¡Anda que no!

En 1956 Joselito nos fue anunciado como "El pequeño ruiseñor". No sabía el canoro impúber la que le esperaba. Sin embargo, sobrellevará el quinario con resignación cristiana, presta sonrisa cascabelera -de Doce cascabeles de potencia-, y en los labios una lírica coplilla de mucho efecto en clave de saeta, colombianas, fandanguillos, verdiales, medias granaínas, tangos o canciones festivas: Campanera. Debió encantar a los mismísimos Camarón y Paco de Lucía, porque arrancan su creación de la Canastera con la Arboléa, ea, ea que sonaba en la película de 1960 Aventuras de Joselito y Pulgarcito. Le saldrán competidores y tendremos a un arahalense Joselito II, que en 1959 graba por lo serio y cantaor será, un Ruiseñor de Salamanca, un Angelito..., y El Jilguero de Córdoba, que debutó en la película de 1958 Farmacia de guardia, pasó por las discográficas, pasó por la televisión, pasó por la radio..., y pasó al olvido.

Al final del túnel de los cincuenta veremos, ¡oh, cielos!, "un rayo de luz" dorado, polvorilla y flamencón que, también, hará suspirar mientras se da su vueltecita por alegrías. Marisol. Nueve añillos tenía. ¿Cómo era? Que nos lo cuente su discográfica, dirigida por el señor Montilla desde Nueva York: "Una artista nueva, increíble, diferente; unos ojos azules, el pelo rubio, una sonrisa pícara y sentimental. Así es Marisol, la nueva estrella del cine español". Dicho y hecho. La vena flamenca se hincha. Acompañada por guitarristas de primera categoría -Paco Aguilera, Alberto Vélez- se extiende Marisol en bulerías, tientos, tarantos, fandangos, sevillanas, rumbas, verdiales, tanguillos, guajiras, alegrías..., y villancicos. La adiestraron en jonduras, además de sus Antonios -El Bailarín y Gades- y los tocaores, Jarrito, Fosforito, Enrique el Cojo, Regla Ortega, Carmen Rojas..., y Manolo Maera -marido de aquella Esperanza que siendo abuelita triunfó con el Probe Miguel-.

¡Más madera! En un incesante goteo más lechones intentarán la jugada, nunca mejor dicho. Allá quedaron Carmencita, Rosita, Estrellita, Santitos, Matilde la Galleguita, Morucha y Juan José, ese rollizo Ruiseñor de Rubi, el de mayor fiato del mundo, que por alegrías podía mantener el agudo final doce o catorce años. Una cosa mala. También hemos de acordarnos de Maleni Castro que, antes que a la zaga de Marisol, supuso el intento de crear una Joselita por parte de Antonio del Álamo, director de las películas del Pequeño Ruiseñor.

Por Cuatro Caminos vivía Antonio el Chaqueta, sabio cantaor e instructor flamenco de Joselito, y en ese barrio madrileño vino al mundo otra notabilidad que de niña era temida en los concursos radiofónicos: Rocío Dúrcal. Arrasaba en toda competición, lo mismo en Ruede la bola que en Conozca usted a sus vecinos o en Vale todo. Luis Sanz, que la descubrió hecha ya una mocita, se encargó de preparar su formación artística. En los vestuarios flamencos le colocó de entrenadores en la sección cantaora a Fosforito y Jarrito, y en la bailaora a Regla Ortega, Carmen Rojas y Alberto Lorca, quien se nos acaba de marchar -por cierto, hermano de Gloria, voz principal de las olímpicas y también flamencas Vainica Doble-. Tirititraneará en sus películas, de cara al público, y lo plasmará en sus discos para Philips, acompañada por Los Pelaos..., y un enamorado platónico: Paco de Lucía.

Paco y su hermano Pepe, bajo el apelativo de Los Chiquitos de Algeciras, habían coincidido en Madrid con Rocío en el mundillo de las competiciones radiofónicas. Verdaderos portentos, cada uno en su especialidad -aunque entonces destacaba Pepe como insólito caso de imberbe cantaor completo-, fueron fichados por Hispavox en 1961, cuando Paco no contaba ni siquiera 14 años. Se enrolan en la compañía del mundialmente famoso bailaor José Greco y desde su adolescencia empiezan a tener que vérselas con los idiomas y las diferentes comidas del planeta. En 1964 a Paco le ficha Philips, en buena medida debido a que existía una huelga de músicos que tenía parada la maquinaria productiva de la casa -conclusión: los flamencos no son músicos-, y, junto a Ricardo Modrego, empezará la carrera concertística de un chaval que ha de ser el mayor guitarrista flamenco conocido. Fue también en 1964 cuando le hicieron un encarguito muy bonito: grabar un disco flamenco con esa musa juvenil llamada Rocío. Estaba que se salía. Tanto se salía que no salió en los créditos. Así es la dura existencia del aprendiz del arte y la vida. -

Nota de José Manuel Gamboa, para el diario El país de Madrid, 3 de enero de 2009.-

María vuelve


¿Nunca quisiste zafar del tango?
-En determinado momento sentía que no tenía el reconocimiento que debería tener, pero no del público, sino de los medios. Y por eso dije que no cantaba más tangos. Pero después me puse a pensar, ¿por qué no voy a cantar más tangos?, ¿porque una o dos personas hayan dicho cosas que no correspondían, sin respeto?

-¿Te sentiste atacada?
-Sí, claro. Cuando me dieron un premio dijeron que me lo habían dado porque hacía poco que había fallecido mi marido (el productor y locutor Mochín Marafioti)… Cosas muy desagradables que prefiero olvidar. No me interesa alimentar a personas que no tienen el menor escrúpulo.

-¿Qué hubieras cantado si dejabas el tango?
-Boleros… Soy mujer, soy romántica, soy apasionada…

-¿Tenés miedo de perder la voz?
-Sigo estudiando. Si yo perdiera la voz me quedaría sin una parte fundamental de mi vida... Tengo miedo de subir a un escenario y hacer el ridículo...

-¿A qué le llamás hacer el ridículo?
-A no estar en condiciones para cantar y que la gente te aplauda lo mismo. Y a mí me gusta cantar, no decir. Esa es una gran diferencia. Yo soy cantante.

-¿Nunca te convertirias en una disseur?
-No creo, porque no lo sentiría. Todo lo que hice hasta ahora fue porque lo sentí. Hasta te diría que esto de asegurar que no iba a cantar más tangos fue una manera de confesar que en ese momento estaba dolida. Y creo que tengo todo el derecho del mundo de decirlo.

-¿Ese momento ya pasó?
-Creo que sí. De la mano de Esteban me siento tranquila, siento que me está protegiendo...

-¿Era eso lo que te faltaba?
-Eso y la adrenalina de subir a un escenario. Uno tiene que volver a enamorarse de la profesión. Uno tiene que decir: “voy a subir a un escenario y va a ser como la primera vez”. Eso era lo que yo necesitaba.

Entrevista de Diego Manso a María Graña, revista Ñ, 26 de noviembre de 2011, p. 36.

jueves, noviembre 24, 2011

Un hombre macho no debe llorar


El temor tanguero de parecer una mujer (o de volverse directamente mujer; es decir, lo más terrible: serlo) queda inscripto para siempre no sólo en las letras que se ocupan de tales conjuras sino también, y acaso sobre todo, en el modo de cantar. Las pruebas de la virilidad, antes aun que en lo que se dice, aparecen en la manera de entonar lo que se dice. Una lista eventual de sospechados (Raúl Berón, Jorge Maciel, Charlo, Horacio Molina) debe cada tanto comparecer ante el paradigma garantido de la reciedumbre viril: el tango macho cantado a lo macho, sin tantas suavidades de voz ni mucho menos aflautamientos inquietantes.

“Un hombre macho no debe llorar”, dictaminó Carlos Gardel alguna vez, con palabras de Alfredo Le Pera. La escena de por sí es inolvidable como pacto de confesión masculina: pacto mediado por el alcohol, para que un hombre pueda decirle a otro lo mucho que las mujeres hacen sufrir a los varones. “Tomo y obligo” contiene así una sentencia (“de las mujeres mejor no hay que hablar”) que el propio tango por sí mismo contradice; luego un consejo (“siga un consejo, no se enamore”) de difícil cumplimiento; y por fin una exigencia para el caso de que la regla tropiece con su excepción: “y si una vuelta le toca hocicar / fuerza, canejo, sufra y no llore / que un hombre macho no debe llorar”.


Por supuesto que el tango es llorón, y a veces muy llorón, en lo cantado; pero en la manera de cantar tiende a conservar una reserva de virilidad. Así como en la ópera, por ejemplo, un personaje puede agonizar y hasta desfallecer, pero no por eso deja de cantar con energía y con potencia, en el tango los cantores pueden llorar en lo que dicen, pero raramente en cómo lo dicen. En el decir suele persistir el hombre macho que no cede ni cederá a cantar lloronamente, como habría de cantar una mujer (no una mujer, claro está, sino un fantasma de mujer: el fantasma del varón afeminado).

Por eso el tango “Siga el corso” (con letra de García Jiménez) plantea un desafío extremo, acaso el más extremo que se pueda concebir. El carnaval provoca de por sí un principio de doblez y por ende de vacilación respecto de las identidades. Es el mundo del disfraz, de la máscara, del antifaz, del ocultamiento validado y del fingimiento festivo. En esto, “Siga el corso” se resuelve de una manera muy distinta a la de “Carnaval” (también con letra de García Jiménez), ambos grabados por Carlos Gardel. Porque en “Carnaval” la identificación se impone, pasando de la interrogación: “¿Sos vos, pebeta, sos vos? ¿Cómo te va?” a la certeza de una identificación que es inclusive social: “¡Qué progresos has hecho, pebeta! / Te cambiaste por seda el percal”. El reconocimiento se verifica y se impone sobre lo fingido, porque las apariencias del disfraz no bastan (“disfrazada de rica estás papa”) y además están destinadas a no durar (“que el disfraz sólo dura una noche / pues lo queman los rayos del sol”).

Hasta tal punto hay un reconocimiento que se impone a cualquier fingir, que lo único que la mujer puede fingir es no haber reconocido al varón que le canta (“¿Habré cambiado que vos ni me mirás / y sin decirme adiós, ya vas a entrar?”). “Siga el corso”, en cambio, se resuelve en una variante exactamente opuesta: el disfraz funciona, el antifaz esconde, el hombre se desespera en la imposibilidad de discernir la identidad de la mujer. “¡Sacate el antifaz! / ¡Te quiero conocer!”, le exige o le implora; “¡Tu risa me hace mal! / Mostrate como sos”, sufre y reclama. En lugar de preguntar lo que de inmediato se sabrá (“¿Sos vos, pebeta, sos vos?”) de “Carnaval”, en “Siga el corso”, por el contrario, hay que pedir: “Decime quién sos vos / decime dónde vas”. Y este corso no ofrece siquiera la promesa aliviadora de su sabida transitoriedad; “todo el año es carnaval” es la conclusión con la que este relato afiebrado se cierra.

El desafío en el canto no es éste, sin embargo, sino otro. El varón le canta a la mujer con la perentoria interrogación de un quién sos; pero en un momento dado va a citar aquello que la mujer le responde. No la glosa ni la parafrasea, no apela a un indirecto libre; reproduce lo que la “alegre mascarita” le grita “al pasar” de forma textual, tal y como lo ha dicho ella: “¿Qué hacés? ¿Me conocés? / Adiós… adiós… adiós… / ¡Yo soy la misteriosa / mujercita que buscás!”. Fusión de diminutivos: mascarita / mujercita; el disfraz y la identidad son una y la misma cosa. Perversidad femenina: contesta al pasar, despidiéndose; rehúye cualquier fijación, transcurre y es inasible. Se permite algún sarcasmo, y opone una pregunta (“¿Me conocés?”) al urgido requerimiento del varón (“Te quiero conocer”); la fórmula de la identificación (“Yo soy”) la emplea tan sólo para declarar su misterio.

Lo decisivo es que la letra le ha cedido la palabra a la mujer. El recurso al discurso directo le plantea así al cantor del tango el desafío de cantar también la parte femenina. Gardel lo asume por completo (Julio Sosa, en cambio, defecciona): canta lo dicho por la mujer poniendo voz de mujer, canta lo dicho por la mujer como si fuera mujer. La voz adelgazada, más aguda, juguetona, se vuelve así, para Gardel, su propia máscara, su propio antifaz. Es el corso, es carnaval, las leyes se invierten, lo prohibido se permite. Carlos Gardel, antes consejero del “hombre macho”, se ha disfrazado ahora de mujer; no en la ropa, pero sí en el canto, que, tratándose de él, es sin dudas lo que importa.

Por Martín Kohan, para blog Eterna Cadencia