viernes, diciembre 30, 2011

"Guapo" y sus isótopos


Este libro parte del asombro ante la existencia de palabras tan próximas como "guapo", "lindo", "bonito"... Prueba de su similaridad es que no se pueda decir "el niño es guapo y lindo". Ferlosio las llama, con una analogía química, "isótopos", o sea "del mismo lugar", y si le seducen es por sus relaciones "conceptualmente brumosas donde la mente no se ve asistida por la visión de netos límites semánticos, ni deslumbrada por su claridad".


Para explorarlas, el autor analiza otras esquinas de la lengua. El superlativo "buenísimo" no puede construirse con "muy", pero "excelente" (que no acaba en "-ísimo"), tampoco. Pues bien: a la serie que nos interesa se une uno de estos "superlativos funcionales": "precioso". Su sentido original, "digno de ser preciado", se ha deslizado también hacia la zona donde reina "guapo", como prueba la ambigüedad de "un libro precioso" (que es valioso o bonito).

Pero ¿cuál es la relación entre "guapo", "bonito", "mono", "lindo"...? No es de oposición, ni de sinonimia, ni de gradualidad, sino que son "matices de una misma dimensión". ¿Quizá como ocurre con "rojo" y "amarillo"? Un salto sin red nos llevará al campo de los colores. Pero "no es rojo, es violeta" constituiría una corrección, mientras que "no es guapo, es mono" es una mera precisión. En conclusión, la serie de los colores no es similar a la que nos ocupa.

La evolución en el tiempo introduce una nueva dimensión. "Guapo" proviene del latín "vappa", "vino insípido", "bribón". Aparece en uso en el siglo diecisiete, probablemente desde el francés, en el sentido de "chulo", "rufián", que luego pasa a "valiente", y por fin al sentido actual.

Le interesa a Ferlosio saber el lugar de nacimiento de esta acepción, y lo encuentra en las alabanzas dirigidas al oyente, que suelen constituir series: "¡Bonito!, ¡guapo!, ¡precioso!". No tienen la misión de sumar significados (como cuando se dice "el caballo es rojo, alto y veloz"), sino la de "remachar sucesivamente una única intención expresiva, de ser, en una palabra, martillazos sucesivos sobre el mismo clavo".

¿Cómo pasó "guapo", palabra rufianesca, a los labios amorosos de una madre? Saltamos así a explorar otro rincón de la lengua, el del arrebato: "La pasión necesita siempre de palabras que franqueen algún límite, para colmar sus ganas expresivas", y al fin y al cabo, como decía Sancho Panza, "no es deshonra llamar hijo de puta a nadie si cae bajo el entendimiento de alaballe".

Y por fin se analizan las diferencias semánticas en el seno de la isotopía: "guapo", "bonito", "lindo"..., ¿se aplican a hombres, a mujeres, a niños?; ¿al cuerpo, a sus partes; al rostro? Especialmente curioso es el caso de "mono", nacido quizá como apelativo del niño que ya gesticula, pero no habla, y se asimila al animal (como se ve por otra lindeza que se le dedica: "macaco"). Aplicado a cosas, rebaja sus valores: un "cuadro mono" es sólo decorativo. Al compararlo con "guapo" resalta un hecho: "mono" parece aplicarse a los rasgos faciales poco marcados. Así, "la Princesa de Asturias, que era sin duda una mujer muy guapa, ha preferido trocarse en una chica mona"...

Ni qué decir tiene, siendo una obra de Rafael Sánchez Ferlosio, que "Guapo" y sus isótopos está admirablemente escrita, con su característica prosa frecuentemente ramificada en largos periodos. Pero su argumentación (que, como es obvio, ha perdido gran parte de su sutileza en este resumen) se controla férreamente, y al lector se le lleva de la mano desde la hipótesis de inicio hasta el QED, "como queríamos demostrar", final.

En suma: un libro precioso.

Artículo de José Antonio Millán, diario El país, 31 de octubre de 2009.-

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