Ménard, a performer

Se podría decir que Ménard tiene con el hielo una relación autobiográfica. Hace algunos años, ofreció un espectáculo de malabarismo en Burkina Faso, uno de los lugares más calientes de la tierra. La temperatura en el teatro era tan alta que los dueños del establecimiento idearon un artificio delirante pero efectivo: recubrir las paredes con gruesos bloques de hielo. La temperatura ambiente pasó a ser tolerable, pero la construcción glaciar no llegaba hasta el escenario. Ménard empezó entonces, de a poco, a deslizar sus malabarismos entre la gente hasta que en un arrebato de radicalidad apoyó su espalda en el hielo. Algo, entonces, sucedió. El hielo no la quemaba, pero tampoco la reconfortaba. Era una sensación más primaria, pero también más compleja: había encontrado en el hielo esa conjunción de muerte y belleza que le servía para pensar su propia identidad. Ese es el momento en el que se cifra el destino de su vida. Fue un momento importante también porque en la transformación del hielo, en el paso de lo sólido a lo líquido, encontraba la culminación de una obsesión que atravesó toda su vida, la del cambio de sexo.

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